24 noviembre, 2008

El lobezno y el lobo

El lobezno huele la humedad de la tierra, mira al sol naciente entre las lejanas cimas y saluda a la primavera con un aullido prolongado. El guerrillero, despertado con el sonido largo y agudo que el joven lobo acaba de producir, sale de su guarida y mira la silueta del cánido, esbelta y solitaria, recortada a contraluz sobre la luminaria del alba.

Ambos son los últimos de sus respectivas partidas y tienen historias parecidas.

Al lobo, cuando era apenas un cachorro recién destetado, los cazadores en una batida le habían matado a su madre y a toda su jauría. Sólo él, escondido en un orificio entre las rocas, tuvo la suerte de no ser encontrado. Sin maestros que le enseñaran a cazar y con la única ayuda de su instinto, había desarrollado hábitos irregulares y heterodoxos para su especie en los que se combinaban desde la torpeza, hasta una mezcla de audacia y necesidad que le llevaba a acercarse a los humanos hasta un punto que para cualquier otro lobo hubiera sido impensable.

El hombre, por su parte, es el último integrante de un grupo de maquis que, tras el triunfo del franquismo, se habían refugiado en las montañas con la esperanza de mantener viva la llama de la insurrección contra la dictadura en tanto las circunstancias nacionales e internacionales favorecían un cambio definitivo de las cosas. Pero la persecución implacable de la guardia civil había ido dando cuenta de todos sus compañeros que, uno por uno, habían ido cayendo en distintas emboscadas hasta dejarlo a él completamente solo. En realidad ya había perdido toda esperanza de cambio. La oposición interior había sido masacrada hasta hacerla desaparecer (le costaba trabajo ya incluso encontrar un mínimo apoyo en los pueblos, siquiera fuera para abastecerlo de cuando en cuando con algunos suministros) y en el exterior, el exilio había ido adaptándose a los distintos países que los habían cobijado hasta casi naturalizarse en ellos. Las potencias “democráticas” habían ganado la guerra mundial, pero todas parecían haberse olvidado de España y de su drama. Lo cierto es que siempre habían temido el proceso español que llegó a tomar tintes demasiado revolucionarios para su gusto. Si los gobiernos “democráticos” hubieran querido, el bando republicano español habría podida ganar la guerra; pero ni el gobierno de Francia ni el de Gran Bretaña movieron un dedo par ayudar a los republicanos españoles; más bien si pusieron algo fue trabas a los intentos de ayuda rusa. Y el corazón generoso de las Brigadas Internaciones, que colaboraron a pesar de sus gobiernos, sólo había servido como gesto romántico para canciones y relatos épicos.

A nuestro protagonista lo único que lo mantenía ya en la sierra era el afán de supervivencia y la dignidad, además de unas circunstancias que habían convertido su resistencia en el único modo de vida posible para él. Su fama de guerrillero indómito, solitario y terrible se había extendido entre la gente de la comarca de forma que acabaron apodándolo con el alias de El Lobo y lo convirtieron en una leyenda en la que se mezclaban la admiración, el respeto y también, con frecuencia, el odio a lo desconocido.

En esas circunstancias, era inevitable que El Lobo y el lobezno acabaran haciéndose amigos. Eran dos espíritus solitarios que, aparte del esfuerzo por la supervivencia, no tenían más placeres (y eran comunes a ambos) que ir desentrañando todos los secretos del bosque, conocer todos sus recovecos, algunos de ellos llenos de la magia del agua que perfila dibujos en las rocas para vestirlas luego con el terciopelo perlado de los musgos goteando; o explorar las zonas más inaccesibles debido a la vegetación tupida y misteriosa, en donde el ruiseñor pone su música celeste; o disfrutar las noches llenas de sonidos indescifrables que ellos habían ido aprendiendo a conocer y distinguir y los cielos encendidos en la maravilla del cosmos; o contemplar el sol jugando a pintar de malvas y escarlatas los cielos del amanecer o los del lubricán…

El primer paso lo había dado el lobezno, cada vez más atrevido en su acercamiento hasta la cueva en que se refugiaba El lobo para participar en el festín de las sobras que éste abandonaba tras sus cacerías. El maquis llevaba observándolo muchos días deambular alrededor de su guarida, que con toda probabilidad no sería muy distinta de la del propio can. Le había dejado que se acercara, cada día un poco más, sin moverse más allá de lo imprescindible, quieto y silente como una esfinge para que aquel joven lobo le fuera tomando confianza. Al final, un día se había decidido a ofrecerle un poco de carne alargando la mano con suma lentitud y profiriendo, apenas en susurro: toma, bonito, toma…

El primer día, en el último instante, el lobezno se había asustado y había echado a correr. Pero al siguiente, no sólo se acercó a comer de la mano del guerrillero; incluso se dejó acariciar.

Desde entonces había surgido una amistad que no paraba de crecer y hacerse más profunda. Todo el afecto que a ambos le faltaba de los de su especie, se lo habían volcado el uno en el otro. Jugaban, se acariciaban, saltaban, exploraban el bosque aportando cada uno lo mejor de sí…, y a la vez ambos permanecían libres deambulando por la montaña como seres solitarios.

¿Quién puede extrañarse entonces del sobresalto que supone para El Lobo advertir que unos cazadores han subido por la ladera y están apostados de manera que el lobezno no tiene escapatoria? No va a permitir que lo maten. ¡No puede permitirlo! Monta su fusil, algo cascado ya pero útil todavía, y lo carga con algunas de sus últimas balas. Si las gasta no le va a ser fácil cazar; aunque siempre podrá valerse de las flechas que él mismo se fabrica, menos certeras, pero para algunos animales muy útiles por lo silenciosas y, sobre todo, necesarias en determinadas épocas en que no debe ser oído tiro alguno que pueda delatarlo.

Uno de los cazadores está apuntando hacia el lobezno. Éste se ha apercibido y corre. El cazador dispara y falla, pero al instante suena otro tiro y otro y otro… Uno de ellos ha herido al animal en una pata trasera y chilla conforme cae de lado.

El Lobo corre hacia el lugar de la escena con el corazón en la garganta y apenas le da tiempo de gritar a pleno pulmón: ¡Nooooo!, cuando otro de los cazadores, aprovechando que el lobezno está caído, le apunta para dispararle. El maquis no se lo piensa, sin apuntar con la mirilla y conforme baja corriendo, dispara hacia el cazador y le da en una pierna. Los demás cazadores no pueden creer lo que ven: un hombre de aspecto asalvajado y mirada desencajada corre hacia ellos disparando y gritando como un poseso. La reacción es instintiva y fulminante. El Lobo es abatido a tiros desde varios lugares de la enramada. El lobezno, con su pata sangrando que apenas puede apoyar en el suelo y gimiendo de dolor, se acerca hasta el maquis, muerto ya, y lo huele y lame con cariño, como si quisiera despertarlo.

Lo que en tantos años no ha podido hacer la guardia civil, lo han hecho en una mañana los cazadores. En seguida todos reconocen en aquel hombre al maquis conocido por El Lobo. Probablemente su captura tenga recompensa; pero aunque todos piensan en eso, ninguno se siente orgulloso de lo que ha hecho. Miran la escena y no consiguen saber si los gemidos del animal son por su herida o por la muerte de su amigo humano. Les resulta difícil comprender cómo un lobo salvaje puede haber desarrollado esos afectos por un hombre.

Cuando llegan la guardia civil y el juez para levantar el cadáver, el lobezno aún permanece llorando junto a su amigo. Tienen que retirarlo a empujones para poder llevarse el cuerpo del yacente.
- ¿Qué hacemos con el animal, mi sargento? – pregunta un número al jefe de la patrulla.
- ¡Déjalo! Pobre bicho. No ha hecho mal a nadie.

Otro guardia, compadecido, se acerca hasta el cánido y le hace algunas curas en la herida con agua y desinfectante del que llevan en el botiquín del camión. Después lo empuja y le grita para que se vaya.
Pero el lobezno no se va. Recorre pequeños círculos, sin dejar de gemir y se acerca una y otra vez hacia el lugar donde han depositado a su amigo agachando su hocico hacia el suelo.Sólo cuando todos los hombres han desaparecido y el lobezno comprende que su herida no le permitirá seguir el olor del camión en que se llevaron a su amigo, se abandona a su dolor, se tumba y deja que caiga la noche.

EMILIO BALLESTEROS ALMAZÁN (Albolote/ Granada, España, 1956): Poeta, narrador, ensayista y dramaturgo, ha recibido premios en distintos géneros; de y sobre su obra se ha escrito en revistas y publicaciones de España, México, Cuba, Argentina, Uruguay, Chile, Colombia, EEUU, Puerto Rico, Rep. Dominicana, Ecuador, Nicaragua, Francia, Italia y Marruecos. Tiene publicados una decena de poemarios; el último de ellos: Trilogía del silencio; Ed. Dauro, 2004. Ha sido incluido en numerosas antologías y traducido al italiano, árabe, francés y alemán. Dirige la revista literaria: Alhucema.

En: http://www.bestiario.com.br

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hermosa y triste historia.

Qué pena que el hombre a veces sea más lobo que el propio lobo para sus congeneres.

Una historia por demás y en varios aspectos familiar. Por un lado mi padre crió y domesticó un lobezno, por otra tuvo un hermano que pasó unos quince años en la resistencia.

Anónimo dijo...

Hubo un maquis al que llamaban "el lobo", su nombre: Antonino Fernandez Alonso. Fue abatido el 25 de abril de 1941 en Hormigos, cerca de Maqueda, provincia de Toledo.

Anónimo dijo...

antonino fernandez alonso(el lobo). era mi tio abuelo y murio al ser delatado por su mejor amigo. cuando le llevaban a fusilar salto de la camioneta y lo mataron.

gloria hidalgo fernandez dijo...

Antonino era mi tío, un relato conmovedor.