29 enero, 2009

Eulalio Barroso Escudero «Carrete»

El «Guerrillero Antifranquista» de la Agrupación Guerrillera de Extremadura-Centro, Eulalio Barroso Escudero «Carrete», falleció ayer miércoles día 28.

Eulalio, luchador por la libertad hasta la muerte, nos dejó, no sin antes escribir para la historia una página de coherencia política, al empuñar las armas junto a sus hermanos, para luchar contra el poder impuesto por medio de la violencia.

«Carrete» nació en Bohonal de Ibor (Cáceres) en 1927, y ejerció como guerrillero en la 14ª División mandada por Jesús Gómez Recio «Quincoces», así como en la 13ª bajo el mando de Joaquin Ventas Cinta «Chaquetalarga».

«Carrete» era el cuarto de cinco hermanos, todos guerrilleros en el monte, «Recaredo», «Madroña», «Mejicano», y «Atila».

¡Siempre en nuestra memoria!





26 enero, 2009

Tres veces


Cuento. De la revista Ataque, editada por la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón (A.G.L.A.)

A Paquita no se le pegan las sábanas. Todas las mañanas, dos horas antes de salir el sol ya va camino de la fuente con la toalla enrollada al cuello, a lavar la estatua de bronce de su rostro moreno y a peinar la negra cascada de sus cabellos.

     Paquita no es ninguna niña. Pronto cumplirá los diecisiete. Es esbelta, bien formada, guapa y muy morena. Tiene ojos cariñosos, acariciadores, inquietos y vivos; ojos de gacela.

     A pasitos menudos que apenas rozan la senda -como si temiera lastimarla-, Paquita se dirige hacia la fuente. ¡Qué agradable es la madrugada! ¡Cuánto le gustaría extasiarse en ella, gozar el beso de la brisa y el concierto de las aves madrugadoras también, como ella! Pero... hay penas y amarguras profundas en su corazón de niña, donde sólo debía haber alegría y dicha de vivir. El pensamiento de Paquita está muy lejos de allí, ¿quién sabe dónde...?, cuando va a doblar la arista del enorme peñasco que hay a la orilla de la senda.

     En este mismo instante Paquita choca con algo que había al otro lado de la piedra y se le escapa un grito de susto, pero una mano le tapa suavemente la boca. La niña reconoce enseguida esa mano y la besa cariñosamente. ¡Es Pepe, su hermano! El que hace dos años, soñando libertad, se fue a buscar a los del monte.

     -¡Pepe...! ¿Es verdad que eres tú...?

     -¡Sí, Ojitos de Gacela, mi pequeña! -contestó el guerrillero, su hermano, besándola en los ojos, en aquellos ojos que él había nombrado así desde que eran muy pequeñitos-. Pasábamos muy cerca, -continuó el guerrillero-, y no he podido resistir el deseo de ver a mi Ojitos... ¡Pero qué estirón has dado, y qué hermosa estás...!

     Por la fila de guerrilleros, plantados como asombrados pinos en la orilla de la senda, avanza una pregunta: «¿Qué sucede?».

     Pepe se volvió y dijo al más próximo: «¿No lo ves...? Es mi Ojitos de Gacela. Díselo a ésos».

     Pero no había tiempo que perder. Pepe preguntó a su hermana:

     -¿Todos estáis bien...? ¿El batallón...?

     -Bien todos. (El batallón era una decena de hermanos menores. Los padres murieron...) Entra y quédate hoy en casa -propuso esperanzada Paquita.

     -No puede ser... Antes de salir el sol hemos de andar mucho... ¡Dile al batallón que ahora tengo otro batallón de niños grandes...!

     Paquita apenas había reparado en aquellas estatuas negras, cuyos ojos adivinaba ahora fijos en los suyos.

     -¡Dame otro beso, y nos vamos! -pidió impaciente el guerrillero.

     Paquita se colgó al cuello de él y lo besó repetidas veces. Sintió ganas de llorar; pero le dio vergüenza hacerlo delante de aquellos camaradas.

     -Hasta la vista, Paquita. Saluda a todos estos camaradas... ¡Y diles a los pequeños que se porten bien!

     -¡Todos son buenos...! ¡Hasta pronto, Pepe...!

     -¡Salud, Ojitos de Gacela!

     Él pasó, y todos los camaradas fueron desfilando ante ella con una bonita frase y la mano extendida para estrechar la suya. ¡Lejos estaba de imaginar que desde aquel momento todos llamarían «cuñado» a su Pepe!

     Cuando había pasado el último de los guerrilleros, se le ocurrió contarlos; pero con gran asombro ya no vio a ninguno, como si de repente se hubieran evaporado.

     La segunda vez sucedió en su pueblo natal.

     Paquita vio dos sombras calle abajo, y el corazón le dio un patinazo. Lo reconoció desde lejos sin saber por qué. Lo cierto es que lo reconocería entre mil.

     Cuando Pepe pasó, rozándole el vestido, aquellos ojos acerados que desarmaban cuando se posaban sobre un enemigo, se ablandaron y buscaron los de ella.

     Después, Paquita volvió el rostro varias veces y vio a los dos guerrilleros alejarse sin ruido. Antes que pasaran la esquina, al trasluz de la débil bombilla eléctrica, sus siluetas le parecieron colosales...

     La tercera vez... -todavía le tiemblan a Paquita las piernas al recordarlo- ...fue en el coche correo.

     Al ir a girar una curva de la carretera, un frenazo en seco levantó a todos los viajeros un palmo de sus asientos. El tricornio del guardia civil que viajaba junto a Paquita salió despedido y rebotó en el techo del coche.

     Todos los viajeros gritaban dentro: «¿Qué pasa, qué es esto?».

     Al momento sonaron fuera unas voces imperativas: «¡Todo el mundo fuera del coche y con las manos en alto!».

     El guardia civil contiguo se puso en pie y echó mano a la pistola; pero algo pasó silbando junto a la oreja de Paquita, y el civil se le desplomó encima. Horrorizada, lo miró y vio que tenía la cabeza cosida a balazos. Todo esto había ido acompañado de la rotura de los cristales de la ventanilla y de un fuerte olor a pólvora quemada, que llenaba todo el ómnibus.

     Los ojos asustados de Paquita fueron de la cabeza del civil a la ventanilla, y allí vieron el cañón de una metralleta... y otros ojos que la miraban: los de Pepe.

     Cuando a Paquita le tocó el turno de pasar ante su hermano -el jefe- para dar su nombre, éste le dijo muy bajito:

     -¡Qué susto le he dado a mi Ojitos de Gacela!, ¿verdad?

     -¡Qué bruto eres! -contestó ella con una entonación que más que reprochar acariciaba-. ¡Podías haberme matado!

     -¡Tonta...! -siguió cuchicheándole su hermano-. Yo te conocí en cuanto paró el coche y vi al civil junto a ti, al que disparé a conciencia antes de que él lo hiciera, porque entonces sí que podría haberte pasado algo... ¡Ya habrás visto que tengo un poquito de pulso y algo de puntería!

     Y ya no pudieron hablar más para no despertar sospechas.

     Durante el discurso en que Pepe explicaba al personal detenido la situación del franquismo, unos ojitos de gacela se clavaban con insistencia en el rostro del orador. Si bien a nadie llamaron la atención, ya que todas las miradas estaban pendientes del mismo rostro... Y sobre todo las femeninas. Y es que Pepe -hay que decirlo- no sólo despertaba la admiración por la serenidad y sangre fría que había demostrado matando al civil, sin herir a una sola persona, sino que era un buen mozo.

     ¡Y aún les habría admirado más si hubieran sabido que aquella hermosa joven, cuyo rostro casi rozó el chorro de balas... era la hermana del mismo que había disparado!

14 enero, 2009

Cristino García Granda


“Queridos camaradas: os extrañará no haberos enviado noticias de mi situación. Es porque no sabía si el conducto era seguro y temía que mis notas fueran a manos de la policía.

¿Qué queréis que os diga del mal trato en Gobernación? Desde que caí me lo esperaba todo y estaba dispuesto a aguantar todo lo que viniera. Sólo hubo un día de buen trato: el que caí. Desde cigarrillos rubios hasta palabras dulces, ofrecimientos de facilitarme la fuga, propuesta de que me pusiera a su servicio. Mi respuesta ya os podéis suponer cuál fue. A partir de aquí empezaron las “sesiones”. Al tercer día me sangraban los oídos y tenía los testículos como puños. Los vergajazos ya no quedaba una pulgada del cuerpo adonde no hubieran llegado. Después de cada “sesión”, me bajaban arrastrando cuatro esbirros. Cuando me desmayaba me echaban un cubo de agua, y otra vez a zumbar. Así estuvieron doce días, sin parar. Me dejaron reponer otros tres, y a empezar de nuevo una semana seguida.

Me he convencido que tengo la piel muy dura y que quien se lo propone, quien en estos momentos piensa en lo que es, y más si es comunista, no habla aunque le hagan picadillo. Creo que no hice más que comportarme como debía. No os digo esto para vanagloriarme. Lo hago sólo porque sé el fin que me espera, y quiero que esta carta, si por desgracia es la última, sirva no sólo como esclarecimiento de lo ocurrido, sino también para que pongáis al desnudo ante el mundo los métodos de estas bestias y cual ha de ser siempre el comportamiento de los antifascistas cuando tienen la desgracia de caer.

Como os digo, mi situación y la de los demás camaradas es de pocas esperanzas. Quieren envolvernos en un proceso común, y nos hemos negado a aceptarlo. Yo comprendo que matarnos por actividades políticas resultaría difícil ante la situación internacional, y por eso nos achacan atracos y otras cosas. Me olvidaba deciros que a los tres primeros “interrogativos” asistió un “boche”, que me dijo que tenía buenos “recuerdos” míos y de Medina en Francia. El tercer día se despidió de mí cuando sangraba por todas partes, echándome una bocanada de humo en los ojos y diciéndome: “Ya era hora de que te cazáramos”.

Perdonad si esta carta va un poco revuelta, pues la hago a intervalos y con vigilancia permanente. Me tienen enjaulado como a un mono; sólo faltan los niños echándome cacahuetes. Por eso quiero aprovecharla para dirigirme, quizá por última vez, a mi pueblo y a mi querido Partido. Mi ánimo, camaradas, es tan firme como lo fue siempre el mismo. Cuando pasé la frontera para incorporarme a mi puesto de combate contra esta patulea de fascistas, sabía que no eran rosas lo que me esperaba. Pero estoy orgulloso de haberlo hecho. Para mí, más que una tarea de sacrificio, era un honor que se me concedía al venir a luchar por mi pueblo y por mi patria. Recuerdo la rabia que me daba cuando en Francia veía que otros camaradas salían para el país antes que yo. Aquí estaba y está nuestro puesto. Si en la lucha caemos alguno, ¡qué importa! Otros proseguirán nuestra obra, pero no podéis imaginaros la satisfacción que tengo de haberme comportado como era mi obligación. Y así me portaré hasta el último momento. Ya sé que la canallesca Falange intentará echar basura sobre nosotros, acusándonos de robos y otras cosas. En el juicio presentaron a un tipo que en mi vida he visto delante, que me acusaba de ser su jefe; dijo que me había conocido en Madrid, dos meses antes de salir yo de Francia.
Por este estilo son las demás acusaciones. La realidad es que me han condenado y a matarnos van, porque los “boches” alemanes no me perdonan los malos ratos que les hicimos pasar. Quieren matarme porque soy antifascista, fiel hasta la muerte a la causa antifascista y al Partido.

Antes de terminar quisiera daros algunos consejos, que, dentro de mi modestia, creo que serán útiles. Estamos en situación en que posiblemente dentro de pocos meses nuestra patria será liberada. Mi experiencia me ha demostrado que no hay cosa que más vuelva locos a estos perros que la lucha guerrillera. Hay que prestar mucha atención a su crecimiento. Creo que hay que poner mucho cuidado en la selección de los mandos; que sean hombres capaces y que, si algún día caen, que no se dejen envolver por los trucos y martingalas del enemigo. Otra experiencia que he sacado es que hay que imponer inflexiblemente la norma de que nadie conozca más que lo que interesa. Hay que educar a los camaradas en el coraje ante el enemigo, en la seguridad de que tienen más posibilidades de salvarse el que no suelte palabra que el que hable. Y por encima de todo, haya o no haya posibilidades de salvarse, lo que debe imperar es nuestra conciencia de comunistas.

Tengo tantas cosas en la cabeza, que creo que estaría escribiéndoos una semana seguida, pero comprendo que tenéis cosas más importantes y no quiero entreteneros. Quiero pediros un favor, y es que hagáis llegar esta carta a nuestro grandioso Buró, pues de ella se enterarán también mis antiguos compañeros de lucha francesa. Soy poca cosa, pero sé que en cuatro años que peleamos juntos para liberar a Francia de los invasores alemanes, establecimos unos lazos que ni la muerte podrá romper. Si orgulloso me siento de ser hijo de España, no es menos el que siento de haber aportado mi esfuerzo a la liberación de Francia. Ellos ya son libres, pero a dos pasos tienen el enemigo, a los nazis y falangistas, que saquearon y asesinaron miles de franceses. Decidles que no descansen hasta barrer a estas bestias falangistas. Por último, dedico mi despedida a vosotros y al Buró.
A vosotros, camaradas de la Delegación, os pido que no escatiméis sacrificios para que nuestro querido Partido sea lo que siempre fue: el Partido de la vanguardia antifranquista.

Aún es muy largo el camino que tenemos que recorrer hasta ver a nuestra patria libre de los fascistas, pero ya queda poco. Cuando se ve cómo tiemblan ante lo que les espera, tenemos que dar mucho más, la vida y mil vidas que tuviéramos, pues todo hay que darlo por bien empleado por la libertad y el triunfo del pueblo y de la democracia. Transmitirle mi saludo a los guerrilleros, mis compañeros y hermanos, y estoy seguro de que pase lo que pase seguirán peleando como hemos jurado hacerlo. Decidle a la dirección del Partido que la promesa que le hicimos de ser fieles hasta la muerte al Partido, la hemos cumplido; que no olvidamos sus enseñanzas y consejos, y que si tenemos que morir, nuestros verdugos sabrán cómo mueren los comunistas, lo mismo que supieron cómo luchaban.

A la camarada Dolores, nuestro guía, nuestra maestra y ejemplo de luchadores, sólo dos palabras: un grupo de comunistas está casi en capilla, y cuando recibas ésta seguramente ya no existiremos. Sin embargo, queremos decirte que nadie ha podido arrancar una queja de nuestros labios ni nadie pudo impunemente echar basura sobre el nombre del glorioso Partido que diriges.

Nuestra mayor preocupación, desde que caímos en las garras de esta Gestapo española, fue poner bien alto el nombre del Partido, y de nada valió todas sus martingalas, porque, cuando alguien intentó insultar al Partido, hubieras visto a tus discípulos los comunistas, saltar como fieras en su defensa.

Hemos caído, mala suerte; pero sabemos que quedan muchos miles de españoles, comunistas y no comunistas, que la terminarán. Tu nombre, que es admirado y querido por millones de españoles, es nuestra bandera. Y todo lo damos por bien empleado, porque el orgullo de haber vivido honradamente y de haber sido dignos del título de comunistas vale más que la propia vida. No me importa lo que de mí digan los fascistas, pues lo que importa es lo que diga mi pueblo, al cual me debo y nos debemos todos.

Por él, por su libertad he luchado, lucharé hasta el último momento. Y cuando este momento llegue, estad seguros, camaradas, que un modesto militante del glorioso Partido Comunista sabrá morir como mueren los comunistas.
¡Viva el antifascismo español! ¡Viva el héroe de la resistencia, nuestro gran Partido Comunista! ¡Viva la más grande y valiente de las mujeres, nuestro jefe “Pasionaria”!

Cristino García
En la prisión de Carabanchel 15 de febrero de 1946

07 enero, 2009

Crepúsculo

Crepúsculo

Luís Álvarez Yuste [El poeta de los guerrilleros]


El sol se oculta y el horizonte
tonalidades toma de bronce.


Altos picachos de la montaña,
detrás ocultan tierra de España.


Yo les increpo; de pena lloro.
¿Porqué ocultarme tanto tesoro?


¿Sois por ventura los burladores
que estáis celosos de mis amores?


Mi pensamiento vuela, extasiado,
y, como el viento, va al otro lado.


Y ve la Patria martirizada
que está desecha y esclavizada…


Por fin la noche extiende su manto;
tengo los ojos llenos de llanto.


Al fin despierto. ¡Soy Guerrillero!
Seco mis ojos con gesto fiero.


Empuño un arma con gran coraje
y a Franco lanzo un justo ultraje.


Y pienso ahora que la frontera
desaparece como barrera,
pues tengo un arma y, decidido,
voy a emplearla con tal bandido
y los secuaces que le sostienen
que el paso a España a cerrar vienen.


http://www.lbocanegra.eu/


01 enero, 2009

Homenaje al Guerrillero Mateo Martínez «Mateo»

Su sobrino nieto ha incluido en la red este video homenaje al guerrillero de la AGLA.

En el libro de Salvador F. Cava "los Guerrilleros de Levante y Aragón" encontramos esto:

(...) El día 11 de noviembre, en el campamento de “Valencia” se reúne con todos ellos y precisa la distribución citada siguiendo las directrices tomadas allende los Pirineos. Poco después con “Ibáñez” y “Pedro” bajará hasta donde se halla el recién nombrado jefe del 17º, “Manso”. Con él y con su gente, tras tres días de reuniones y debates, se decidirá que “Ibáñez”, “Mateo” (Mateo Martínez Martínez, que ha pasado a ser enlace entre los dos nuevos sectores) y “Palomino” (Juan Palomino Mayorga, uno de los pocos incorporados de la minería turolense que no ha desertado) vayan a recoger el armamento que ya debe haber escondido “Abadía” en la sierra de Santo Domingo.

(...) En Mosqueruela, antes de contactar con la unidad de Florencio Guillén, el grupo se refugia en una cueva. Al amanecer, el día 7 de marzo, dentro de ella serán descubiertos por una unidad móvil de la GC que ya por estas fechas recorre y vigila palmo a palmo todo el territorio turolense, y como consecuencia del enfrentamiento muere “Mateo” (Mateo Martínez Martínez). Hasta entonces todo había ido bien, como igual sucederá una vez se supere este lamentable contratiempo donde la GC tan sólo registra un herido entre su tropa. Pero además de la baja de “Mateo”, los guardias también se apoderaron de la mochila de “Pedro” y de la del guerrillero fallecido, ambas repletas con abundante documentación. Con todo, hubo que continuar la misión.